Potosí, tierra de mineros y tradiciones

Potosí, Bolivia

A veces cuanto menos esperamos de un lugar es cuando tenemos las más increíbles sorpresas.

Al entrar en la ciudad no parecía que fuera  a ser muy diferente a otras tantas decenas por las cuales habíamos pasado anteriormente.

Un enorme suburbio desordenado que parecía haber crecido alrededor de un pequeño nada.  Pero, aquel enorme monte rojizo que dominaba el escenario habría de contarnos una historia diferente, una historia que recordaremos para siempre.

Hay quien diga que la riqueza atrae la desgracia.  En ningún lado esa expresión tendría más razón de ser que aquí.  Antiguamente una de las ciudades más ricas del mundo (llegó a ser más grande que Madrid y Sevilla en pleno siglo XVII) es hoy en día una sombra de su pasado tan ostentoso como terrible.

Cuenta la leyenda que los Incas ya conocían la grande riqueza del “Cerro Rico de Potosí”, pero que la montaña había temblado y una voz que más bien parecía un trueno les había avisado para no explorar sus riquezas bajo pena de que terribles males cayeran sobre aquellos que se atrevieran a desobedecer.  Pero un pastor, que por haber perdido a sus cabras se dejó vencer por la noche en medio del monte, decidió encender una fogata y toda la montaña comenzó a brillar intensamente.  Los españoles habían comenzado la conquista de América hacía unas pocas decenas de años y Potosí rápidamente se transformó en una de las mayores fuentes de ingreso del Imperio; parece algo salido de un cuento de hadas, pero de verdad descubrieron una montaña de plata de la cual casi 500 años después se continua a extraer riquezas.

Pero si los más optimistas, obviamente exagerados, dicen que la plata extraída de esta montaña podría ser suficiente para construir un puente desde Potosí hasta Madrid, hay quien contrapone que con los cadáveres de los que murieron explorando estas riquezas se podría hacer un puente de ida y otro de regreso.

El rojo de la montaña que sabemos ser en realidad óxido, no permite olvidar los 8 millones de personas que se estima murieron y continúan a fallecer en este lúgubre hoyo.

La riqueza de este lugar requería de manos y fueron traídos esclavos de África para trabajar las entrañas de la mina, pero la altitud (entre 4000 y 4800 m) y las profundidades de la montaña eran demasiado y sólo los indios del altiplano andino eran capaces de resistir a tales trabajos.  Optaron entonces por traer nativos desde toda la cordillera, algunos desde tan lejos como la actual Colombia y Ecuador, hasta el altiplano chileno y argentino, en viajes que llegaban a durar más de 4 meses.

A la mina la llamaban “mita” y a sus trabajadores “mitayos”.  Dictaba la Corona Española que cualquier nativo podría ser reclutado compulsoriamente para trabajar 1 año en la mita.  Pero los indígenas sabían que entrar en la mina era una sentencia de muerte y siempre que tenían oportunidad trataban de escapar.  Para evitar tales fugas, los españoles, encargaban a los caciques (indígenas de mayor jerarquía y poder) que se aseguraran que la mano de obra llegase a su destino.  Entonces los caciques hacían que toda la familia se mudara hasta Potosí. El mitayo ya no podía huir, pues sabía lo que eso significaba para su familia.  Pero, traer a su familia también representaba que el mitayo la tuviera que sustentar, a pesar que el salario que ganaba no era suficiente para él ni para su familia; entonces el dueño de la mina le hacía el “favor” de prestarles dinero o venderles aguardiente a crédito.  Esto provocaba que al final de su año de trabajo obligatorio el mitayo tuviera una deuda que lo obligaba a continuar trabajando en la mina en un ciclo que se repetiría hasta su muerte y que inclusive se traspasara para sus hijos.

Por debajo de la París Sudamericana, de la ciudad plateada, corrían ríos de sangre.  Pero el brillo de la plata era motivo suficiente para apagar completamente esta situación.

Hoy en día ya casi no hay plata en Potosí y la que existe es de poca calidad.  Pero continúan a extraer zinc y estaño.

Los mineros continúan usando la hoja de coca que mascan continuamente durante toda la jornada laboral y que es se único alimento y fuente de energía.  Los diente verdes y una bola que parece un absceso, son parte de la imagen del minero.

Nosotros visitamos una de las minas en funcionamiento y pasamos de 2 a 3 horas en su interior.  Aún sin tener que trabajar ya fue duro, por lo que es muy complicado de imaginar la resistencia necesaria para aguantar varias jornadas seguidas respirando el polvo de las entrañas de esta montaña roja.

Los mitos y supersticiones son parte del día a día del minero.  Son devotos al Tío, el diablo de las minas.  Una figura casi escatológica que se encuentra representada dentro de las minas y a quien el minero constantemente ofrece coca, tabaco y alcohol etílico (el whisky boliviano).

Estuvimos en Potosí en el día 3 de Mayo, día en que tradicionalmente se celebra la Chakana, la Cruz del Sur.  Nosotros acompañamos esa celebración, y a pesar del frío intenso, fue la oportunidad de presenciar un ritual ancestral que las comunidades locales intentan perpetuar.

Ya de noche, los pasantes y los chamanes conducen a las personas con música, con flauta y tambores, hasta la cima del “Cerro Chico de Potosí” donde se realizan los más diversos rituales, se agradece la protección de las estrellas y se venera a la Cruz del Sur.

Son entonces encendidas varias fogatas que además de su sentido purificador iluminan y calientan el ambiente al rededor de los cuales la fiesta continúa y donde todos danzan y cantan, o simplemente conversan compartiendo.

 

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