Granada, Nicaragua

La ciudad más antigua de América honra su nombre y no deja mostrar todas las desgracias por las cuales pasó.

Después de una historia de ataques, conquistas, reconquistas y hasta completamente deborada por las llamas, Granada es hoy una ciudad linda y tranquila.  Una ciudad donde la explosión de colores se conjuga perfectamente con el vapor caliente que exhala de su tierra y de su Lago Nicaragua, en los márgenes en los cuales descansa.

Después de pasar por Antigua y San Cristóbal de las Casas, no podemos dejar de incluir Granada en este recorrido de ciudades que con su identidad no consiguen dejarnos indiferentes y para siempre quedarán en nuestros recuerdos.  Al entrar en cualquiera de ellas, a pesar de sus inumerosas diferencias -casi tantas como sus semajanzas- parece que entramos en un mundo imaginario donde los tiempos modernos se pasean por entre piedras centenarias llenas de vivencias y memorias… casi parece que si estuviéramos muy atentos, podemos escuchar alguna historia o leyenda de aquellas que ni toda la lluvia, viento o fuego pueden apagar o hacer desaparecer de las “arrugas” que se conservan en las pareces de estas casas, conventos e iglesias.

Paredes vestidas de amarillo tostado, un rojo merlot bien cargado, o un azul mediterráneo que, al mismo tiempo que disputan el orgullo de ser las mas vistosas -como si un RE pudiese ser mejor que un LA- se abrazan en la hegemonía del contraste, componiendo una sinfonía de colores cuyo maestro es la inspiración colectiva y que nunca podría haber sido idealizada de otra forma.

Y luego, la presencia de este Lago Nicaragua, que casi podríamos jurar ser el inicio de un Océano cualquier, que frente a su inmensidad nos empuja para un silencio contemplativo y al mismo tiempo introspectivo.

Podíamos pasar horas admirándolo, adornado por sus volcanes, en un silencio apenas arrullado por el ligero susurrar de la espuma de las minúsculas ondas que besan la arena volcanica y negra que es la base de este país esculpido y moldeado por la naturaleza, a través, algunas veces de un suspiro, otras veces de un estornudo o de un bostezo provenientes de lo mas profundo de las entradas de la Tierra.  Y así, de una erupción aquí, de un sismo allá, aún hoy, esta tierra, considerada la mas joven de América Central, con apenas algunos cientos de millones de años, se va haciendo adulta, atravesando aún, tal vez, su pubertad geofísica.

En este momento, después de un par de semanas en el lado del Atlántico y unos dias mas en Granada, continuamos esperando a que lleguen las nuevas piezas para Amália Frida, que por ahora están retenidas en la Aduana.

Ya de regreso a los brazos acogedores de nuestra Frida que nos recibió habiéndonos extrañado mucho (casi como nosotros la extrañamos a ella), aunque nos dimos cuenta que ya había hecho amigos, porque un cualquier “Mickey” nicaragüense, durante dias, hizo de Frida su hogar y de nuestra despensa la suya.  Para recordar: no es aconsejable dejar su casa solita y abandonada en terrenos de un mecánico, llena de cosas tan ricas como arroz y maíz palomero…

Ahora, para reconciliarnos con nuestra Amália, decidimos llevarla también al mar y, por eso aquí estamos entre Las Peñitas y Poneloya, Nicaragua, esta vez de lado del Pacífico, esperando que nos lleguen las refacciones para poder continuar el viaje.

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